martes, 21 de julio de 2026
lunes, 2 de marzo de 2026
LA DIGNIDAD
Había una vez una mujer que trabajaba en una gran casa de puertas altas y pasillos largos.
Durante años conoció cada rincón, cada llave, cada archivo.
No era la dueña, pero era quien sabía cómo encendían las luces y cómo se sostenían las paredes cuando crujían en invierno.
Un día, alguien que había caminado a su lado llegó a ocupar el salón principal.
Ella había ayudado a pulir sus zapatos y ordenar sus papeles cuando aún soñaba con ese lugar.
Y cuando por fin lo logró, la casa empezó a cambiar.
Nuevas voces entraron.
Nuevas miradas recorrieron los pasillos.
Alguien fue colocado en la pequeña oficina de la mujer, alguien que susurraba historias que no siempre eran verdad.
La mujer esperó que la llamaran para preguntarle.
Esperó que tocaran su puerta.
Esperó que alguien dijera: “Queremos escuchar tu versión”.
Pero el pasillo quedó en silencio.
Y el silencio, cuando uno ha sido leal, pesa más que una palabra dura.
Pasaron las estaciones.
La mujer siguió trabajando con la misma prolijidad de siempre.
No rompió nada.
No gritó en los corredores.
Solo guardó en el pecho una pregunta:
“¿En qué momento dejé de ser vista?”
Un día, la casa anunció que ella debía marcharse.
No hubo ceremonia.
No hubo explicación larga.
Solo un papel con fecha.
Esa noche, la mujer caminó por última vez por los pasillos.
Y mientras apagaba una lámpara, comprendió algo inesperado:
La casa nunca había sido su verdadero hogar.
Ella sabía encender luces, sí.
Pero no porque perteneciera a la casa.
Sino porque llevaba la luz dentro.
Y mientras otros discutían quién ocupaba el salón principal,
ella recordó que afuera existía un jardín.
Un jardín que había cuidado en silencio durante años:
pequeño, íntimo, lleno de personas que venían a buscar consejo, palabras, aroma, guía.
La casa era grande.
El jardín era vivo.
La mujer entendió entonces que no había sido desplazada.
Había sido liberada.
Al marcharse, no se llevó muebles ni llaves.
Se llevó su dignidad.
Y la dignidad, cuando se camina con ella,
abre puertas que no necesitan permiso.
Desde entonces, en el jardín comenzaron a florecer más visitantes.
No por obligación.
Sino porque la luz verdadera no necesita edificio para brillar.
Y la mujer aprendió que algunas injusticias no llegan para humillar,
sino para empujar suavemente hacia el lugar donde el alma puede crecer sin techo.
“No me apartaron del camino; me señalaron el mío.
La lealtad que ofrecí fue verdadera, y la dignidad con la que me voy es mi mayor triunfo.”
“Lo que se cierra me libera. Lo que nace me pertenece.” 🌿✨
Laura Cornejo
miércoles, 28 de enero de 2026
SI VIENES A MÍ COMO VÍCTIMA NO TE APOYARÉ...
jueves, 11 de septiembre de 2025
DÍA DEL MAESTRO
“Ser docente, sembrar futuro”En este día, siento la necesidad de hablar de lo que es ser docente en la Argentina de hoy, con todo lo que eso implica. No es fácil. El sueldo no alcanza, las horas se multiplican en papeles, planillas, reuniones y demandas que poco tienen que ver con la esencia de enseñar. El cuerpo a veces no da, la cabeza se llena de pendientes, y la sociedad parece mirar desde lejos sin comprender del todo lo que significa sostener un aula.
Y, sin embargo, seguimos. Porque enseñar no se reduce a transmitir un contenido: es estar ahí cuando alguien se quiebra, es escuchar la historia de un estudiante que llegó sin comer, es inventar recursos cuando la escuela no tiene lo suficiente, es ponerle el cuerpo a un país que siempre nos necesita. Nuestro trabajo está hecho de realidad pura, con tizas que se gastan, con pizarrones que se borran, con mochilas rotas y guardapolvos que hablan de la vida cotidiana.
Pero también está hecho de milagros pequeños: la sonrisa cuando alguien comprende, la valentía de un adulto que vuelve a la escuela después de tantos años, la chispa de creatividad en un chico que parecía desinteresado. Esa es la otra cara, la que nos salva.
Hoy, más que nunca, ser docente es resistir y crear a la vez. Resistir la desvalorización, la sobrecarga, el salario injusto. Crear esperanza, futuro, posibilidad. Es un trabajo duro, pero lleno de sentido. Y en medio de tanta contradicción, me descubro orgullosa: porque no hay caída que borre la dignidad de enseñar, ni sobrecarga que apague la certeza de que vale la pena.
Porque cada clase, aun con todo lo que duele, es también una forma de decir:
martes, 29 de julio de 2025
PARA QUÉ BENDECIR ?



















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